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Jueves 20 de Junio 2019

El gran ultraje

20 Abril, 2011 | | Tema: TEMAS

Es común decir que para tener una idea de un hecho ocurrido, “es necesario escuchar las dos campanas”.
Mi abuelo sabiamente completaba este dicho popular agregando “y ser conocedor del sonido”.

En la era de las comunicaciones, en la que todos somos productores y consumidores de noticias, las reglas no existen, la verdad y la mentira son difíciles, casi imposible de distinguir, especialmente por un ojo no experto.

Incluso quienes, por motivos laborales, leen y se informan a través de los periódicos o de la web, deben tener en cuenta que pasan gran parte del propio tiempo, no tanto en buscar la noticia, sino en encontrar referencias cruzadas para tratar de entender si aquello que se está informando realmente ha sucedido como está descrito.

La gran bufonada de Orson Wells, quien en el 38 anunció por la radio el desembarco de los marcianos sobre la tierra sembrando el pánico entre los que lo escucharon, enseña. Por otra parte, si hubiéramos visto en una película las imágenes del reciente tsunami japonés habriamos tenido el instinto de pensar que se trataba de una exagerada función cinematográfica.

En una novela, una película o una representación puede suceder, con la información, no. Es justo y legítimo que cada uno tenga su propia idea, la propia convicción, la propia sensibilidad, pero cuando la información se tiñe de colores, sea blanco, rojo o negro, deja de ser información para devenir en apología.

En Italia, como en otros paises europeos pioneros del periodismo, la “Carta de deberes del reportero” era el código deontológico de la época en la que los periodistas, eran las únicas personas autorizadas y calificadas para ocuparse de difundir la información. Los principios inspiradores eran el respeto de la verdad, la defensa del derecho a la información, el respeto a la persona, y el derecho a la presunción de la inocencia… pero actualmente ¿quién tiene mínimamente en cuenta estos valores?

Parecería que ni siquiera aquellos que portan el título de periodistas conocen la existencia de esta carta, mucho menos aquellos que se deleitan escribiendo.
El lector, a la caza de la noticia y la novedad no tiene tiempo, voluntad ni tal vez la capacidad para distinguir entre una fuente atendible o no. Proveer noticias ya no es más considerado un servicio, es solamente un negocio basado en el sensacionalismo.

Contar la realidad es otra cosa. Prescinde de complacer a algunos o de infamar a otros. Quien escribe, consciente del gran poder que tiene, debería también sentir una gran responsabilidad. Mentir, sabiendo que se miente, es el más grande ultraje a la verdad y al hombre como tal: es una gran distorsión que enfrenta el que lee, pero sobretodo hacia quien, en aquella realidad contada, es un protagonista activo o pasivo.

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